Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Fernando tenía la seguridad de que no podría dormirse, y comenzó a dar vueltas y vueltas por el pueblo. Se encontró en los alrededores de la cárcel. Bordeó el Tajo por un camino alto. En el fondo de ambas orillas brillaba el río como una cinta de acero a la luz vaga del anochecer, unida a la luz de la luna.
Al seguir andando se veía ensancharse el río y se divisaban las casitas blancas de los molinos; después, cerca de las presas, las orillas del Tajo se estrechaban entre paredones amarillentos cortados a pico.
Se hizo de noche, y la luna se levantó en el cielo, iluminando los taludes pedregosos de las orillas, e hizo brillar con un resplandor de azogue al río estrecho, encajonado en una angosta garganta, y que luego se veía extenderse por la vega.
Fernando sentía el vértigo al mirar para abajo al fondo del barranco, en donde el río parecía ir limando los cimientos de Toledo.
Siguió hacia el puente de Alcántara. El agua saltaba en la presa, tranquila, sin espuma; brillaban luces rojas en el fondo del río; más lejos, parpadeaban las luces en la barriada baja de las Covachuelas.
Sobre un monte, a la luz de la luna, se perfilaba, escueta y siniestra, la silueta de una cruz, que Fernando creyó que le llamaba con sus largos brazos.