Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Fernando se detuvo en una cueva que era al mismo tiempo cantina, pidió una copa, se sentó en un banco y, gradualmente, fue llevando la conversación con la mujer del mostrador hacia lo que a él le interesaba.
Tozenaque el Manejero y toda su familia se habÃan marchado a Argelia, le dijo la mujer, excepto una de las chicas casada en el pueblo y que vivÃa en el Pulpillo, en la misma labor que antes tuvo su padre.
—¿Y por qué vino aquà el Manejero, cuando tenÃa su casa y sus tierras?
—¡Pues ahà verá usted! Que resultaron que no eran suyas; que las tenÃa hipotecadas —repuso la tabernera—. Además, sabe usted, el hermano le engañó y le sacó muchos miles de pesetas.
—Y aquÃ, en las cuevas, ¿el hombre marchaba?
—No. Acostumbrados a otra manera de vivir, pues, no podÃa. Luego, la cueva suya, el Ayuntamiento la mandó tirar, y entonces fue cuando el Manejero se decidió a irse.
—Y, ¿cuál de las muchachas se casó?
—Pues no sé decirle a usted. Era una rubita; asÃ, pequeña de cuerpo, garbosa.