Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Salió Ossorio del tabernucho, y fue subiendo por el camino hacia la ermita de la cumbre. Se veía el pueblo desde allí a vista de pájaro, enorme, con sus tejados en hilera, simétricos como las casillas de un tablero de ajedrez, todos de un tinte pardo negruzco, y sus casas blancas unas, otras amarillentas de color de barro, y sus caminos blancos cubiertos de una espesa capa de polvo, con algunos árboles escasos, lánguidos y sin follaje.
Alrededor del pueblo se extendía la huerta como un gran lago siempre verde, cruzado por la línea de plata ondulante de la carretera. Más lejos, cerrando la vallada, montes pedregosos, plomizos, se destacaban con valentía en el cielo azul de Prusia, ardiente, intenso como la plegaria de un místico. Y, en aquel silencio de la ciudad y de la huerta, sólo se oía el estridente cacareo de los gallos, que se contestaban desde lejos.
Salían delgadas y perezosas columnas de humo de las chimeneas de las cuevas y de las casas. Resonaba el silencio. De pronto, Fernando oyó el murmullo de un rezo o canción y se asomó a ver lo que era.
Venían de dos en dos, en fila, las muchachas de un colegio o de un asilo, uniformadas con un traje de color de chocolate; detrás de ellas iban dos monjas, y cantaban las asiladas una triste y dolorosa salmodia…