Camino de perfeccion

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XXXVI

AL día siguiente, Fernando se levantó muy temprano: estaba amaneciendo; por la ventana de su cuarto entraba la luz fría, mate, sin brillo, la luz deslustrada del amanecer.

Salió a la calle. Hallábase el pueblo silencioso; las casas grises, amarillentas, de color de adobe, parecían dormir con sus persianas y sus cortinas, tendidas. El cielo estaba gris, como un manto de plomo; alguna que otra luz moribunda parpadeaba sin fuerza ante el santo guardado en la hornacina de un portal. Corría un viento frío, penetrante.

Ossorio fue saliendo del pueblo hacia el campo, recorrió la alameda y comenzó a cruzar viñedos. Había aparecido ya el sol; brillaban los bancales verdes de trigo y alcacel, como trozos de mar, plateados por el rocío. El cielo estaba azul, claro y puro, de una claridad dulce y suave.

A la hora se halló Fernando en el Pulpillo. Todo estaba igual que antes. Se acercó a la casa y se asomó a la ventana de la cocina. Cerca del fuego estaba ella, Ascensión, con un pañuelo de color en la cabeza, inclinada sobre la cuna de un niño.

Fernando dio la vuelta a la alquería y entró en la cocina. Saludó con una voz ahogada por la emoción. Al verle, ella palideció; él se quedó admirado, al encontrarla tan demacrada y tan vieja.


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