Camino de perfeccion
Camino de perfeccion —¿Qué quieres aquí? ¿A qué vienes? —preguntó ella.
Fernando no supo qué contestar.
—¡Vete! —gritó la mujer con un gesto enérgico, señalándole la puerta.
—¿No está tu marido?
—No. Sabía que estabas en el pueblo, pero no creí que te atreverías a venir.
—Me porté mal contigo, pero has tenido suerte, más suerte que yo —murmuró Fernando.
—¡Vete! No quiero oírte.
—¿Por qué? De los dos quizá soy yo el más desgraciado.
—¿Tú desgraciado? ¿Entonces yo?
—Tú tienes hijos; tienes un marido que te quiere.
—Vete; por favor, márchate; puede venir mi marido y entonces será peor para ti.
—¿Por qué? ¿Qué iba a hacer? ¿Matarme? Me haría un favor. Además, que él no sabe lo que ha pasado entre los dos. Pero hablemos —dijo Ossorio apoyándose en el respaldo de una silla.
—No quiero oírte; no quiero oírte. ¡Vete!
—No. Sí, me voy. Pero quisiera antes hablarte.
—Te digo que no, que no, y que no.
—¿No quieres atender mis razones?
—No.