Camino de perfeccion
Camino de perfeccion En las paredes de la sacristÃa colgaban mugrientos carteles amarillos, escritos en latÃn con letras capitales rojas. Entraba la luz por una ventana pequeña e iluminaba el cuarto; a un lado se veÃa el armario, roñoso y carcomido, donde se guardaban casullas y ornamentos; encima de él, un busto de una santa o de una monja, en madera pintada, que tenÃa una peana con vestigios de haber sido dorada y un agujero elÃptico en el pecho, que antes debió de servir para guardar las reliquias de la santa o monja que representaba la escultura.
En el cuarto iba y venÃa un sacristán viejo con cara de bandido. Comenzó a sonar una campana. A poco entró un cura joven en la sacristÃa, un muchacho fuerte y rollizo que parecÃa un toro; saludó a los dos amigos de Fernando y a este también, tÃmidamente.
—¿No te acuerdas de él? —preguntó uno de los amigos a Ossorio, señalándole al cura—. SÃ, hombre; Pepico, un muchacho muy gordo, con cara de bruto, hijo del sastre. Es más joven que nosotros…
—SÃ, algo recuerdo.
—Pues es este; aquà lo tienes, hecho un padre de almas.
—Oye, Pepico —le preguntó el otro de los amigos al cura joven—, ¿cuándo te van a hacer más grande esa moneda que lleváis en la cabeza?
—Cuando me ordene en mayores.
—¿De modo que ahora estás en cuarto menguante?