Camino de perfeccion

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El cura joven hizo un movimiento de hombros, como indicando que a él le tenían sin cuidado aquellas irreverencias. El amigo de Fernando volvió a la carga.

—Y oye, ese redondel tendrá un tamaño fijo, ¿verdad?

—No. Es ad libitum.

—Nada; hasta que no habláis latín no estáis satisfechos los curas.

El muchacho volvió a hacer otro gesto de indiferencia y siguió paseando a lo largo de la sacristía.

Comenzó a sonar de nuevo la campana de la iglesia. Entró poco después un cura delgado, morenillo, de ojos negros y sonrisa irónica, que saludó a Fernando y a sus amigos de una manera exageradamente mundana. El cura joven fue a decir la novena a la iglesia, en donde se habían reunido unas cuantas viejas; el otro, el morenillo, ofreció cigarros, encendió uno y se puso a fumar con el manteo desabrochado y las manos en los bolsillos del pantalón.

—Y usted, ¿no tiene trabajo hoy? —le preguntaron.

—Sí; yo estoy aquí para el capeo.

—Es que tiene que predicar —murmuró uno de los amigos al oído de Fernando.

Se habló después de capellanías, de pleitos, de mujeres; luego, Ossorio y sus amigos salieron de la iglesia.


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