Camino de perfeccion

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Fernando iba, malhumorado, pensando en la idea que tendrían de él aquellos administradores para ponerle un ayo, y en la que tendría el curita de sí mismo y de sus condiciones de persuasión. Callaba para no ocuparse más que del cambio que por momentos iba sufriendo su espíritu; el escolapio le miraba entre las cejas, como si quisiera arrancarle el pensamiento. Con lentitud y sin gran maña, después de mil rodeos y vueltas, el cura llevó la conversación, más bien monólogo, pues Fernando apenas si contestaba con monosílabos, a un asunto entre social y religioso: la autoridad que debía de tener la Iglesia dentro del Poder civil.

—Si tuviera más en España de la que tiene, yo emigraría —murmuró Ossorio.

—¿Por qué?

—Porque me repugna la clerecía.

El escolapio no se dio por ofendido; dio varias vueltas y pases al Poder civil y al religioso, y ya, como seguro en sus posiciones, dijo:

—Todo eso parte de la idea de Dios. ¿Usted creerá en Dios?

—No sé —murmuró con indiferencia Fernando.

—¡Ah! ¿No sabe usted?

—A veces he creído sentirlo.

—¡Sentirlo! Misticismo puro.

—¡Psch! ¿Y qué?


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