Camino de perfeccion

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A Fernando le molestaba la petulancia de aquel clérigo imbécil, que creía encerrada en su cerebro toda la sabiduría divina. El escolapio miraba de reojo a Ossorio, como un domador a un animal indomesticable.

Iba anocheciendo; la caída de la tarde era de una tristeza infinita. A un lado y a otro del camino se veían viñedos extensos de tierra roja, con los troncos de las viñas, que semejaban cuervos en hilera. Veíanse aquí manchas sangrientas de rojo oscuro; allá, el lecho pedregoso de un río seco, olivares polvorientos, con olivos centenarios, achaparrados, como enanos disformes, colinas calvas, rapadas; alguno que otro grupo de arbolillos desnudos. En el cielo, de un color gris de plomo, se recortaban los cerros pedregosos y negruzcos.

Pasaron por delante de una tapia larguísima de color de barro. Se veía la ciudad roñosa, gris, en la falda del castillo, y la carretera, que serpenteaba llena de pedruscos. Allá cerca, el campo yermo se coloreaba por el sol poniente, con una amarillez tétrica.

Fernando miraba y apenas oía. Sin embargo, oyó decir al escolapio que trataba de demostrarle que Dios sostenía la materia con su voluntad.

—Yo no le entiendo a usted —le replicó Fernando—. ¿De manera que, según usted, todo no está en Dios?

—¿Qué quiere usted decir con eso?


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