Camino de perfeccion

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Entró en la sala de espera, convertida en dormitorio. Un mechero de gas, en una lira de hierro, temblaba, iluminando con su luz roja y vacilante las paredes sucias, llenas de carteles de ferias y anuncios, los hombres dormidos embozados en las mantas. Algunos iban y venían, y taconeaban con furia de frío; otros, más tranquilos, hablaban recostados en las paredes; no faltaba la labriega de rostro atezado, vestida de negro, que con la cara indiferente y dura, y la mirada vacía, se preparaba a esperar sentada en el banco media noche, con la mano apoyada en la cesta, sin moverse ni pestañear siquiera.

En un rincón, un hombre vestido de negro, cepillado, limpio, con el tipo del empleado decente que se muere de hambre, su mujer y una niña de siete a ocho años, que asomaba su cara aterida y pálida por encima del embozo de un mantón raído, miraban atentamente los movimientos de unos y otros, encogidos los tres como si tuvieran miedo de ocupar más sitio que el preciso.

Fernando salió al andén.

En uno de los bancos vio tendido a un hombre embozado en la capa, que roncaba como un piporro. Había colgado su maleta, por las correas, de un farol y apoyaba la cabeza en ella. Encima del banco en donde se había puesto, estaba la campana para señalar las salidas de los trenes. Además de la maleta, el hombre llevaba como equipaje dos jaulas, altas como las de las perdices, pero mucho más grandes, y dentro, en cada una, un gallo.


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