Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Y es justo allí donde me interesa detenerme un poco. Porque, a mi juicio, ese viaje que Fernando emprende con un objetivo, de alguna manera catártico, desde Madrid hasta Levante, durante el cual intenta superar sus desequilibrios anímicos y su indolencia, orientarse hacia la voluntad y la acción (con tintes que recuerdan bastante las ideas de Schopenhauer) y recuperar el perdido contacto con la naturaleza; ese viaje, pues, es también una alegoría en la que desfilan los símbolos que retratan la sociedad española de principios del siglo XX. Tales como la pobreza, la injusticia, la estupidez del poder (que suele caminar muchas veces de la mano de la impunidad), el descontento popular y los vicios del catolicismo, encarnados en los escritos de Ignacio de Loyola, a los cuales, después de leerlos, Fernando adjudica mucha de la pastosa anacronía de su país. Ahora bien, entre las vicisitudes de su recorrido, aparecerán personajes que dejarán diversas semillas de conocimiento en el alma de Fernando. Es el caso del alemán Max Shultze, quien le hablará de Nietzsche, aunque con una extraña interpretación personal, porque, a pesar de todo, Shultze se confesará un creyente de Dios. Además, será el acompañante de Fernando en la ascensión, tanto física como simbólica, de una montaña, en donde se mostrará como uno de los primeros aliados del protagonista. O aquel otro, el «Rey Lear de la mancha» como le llama a Nicolás Polentinos, el arriero que encuentra en camino a Madrid, quien le cuenta cómo al repartir sus pocas pertenencias entre sus hijas, sólo se ganó su desprecio, a excepción de la más pequeña, que curiosamente es jorobada.