Camino de perfeccion

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Dolores estaba preciosa; indudablemente no pudo resistir la tentación de darse algunos polvos de arroz en la cara; me pareció muy blanca, verdad que su cabeza estaba rodeada de negro: el pelo, la mantilla, el vestido; luego, para que se destacara más la gracia de su talle y de su rostro, llevaba a la señora Mercedes al lado, que parecía el monstruo familiar; una dueña fiel y espantable que iba acompañando a su ama.

Se lo dije así a Dolores y se echó a reír; la fui acompañando, verdaderamente orgulloso de ir con ella, echamos por el camino más largo, por entre callejuelas. Me pareció que causábamos sensación en el pueblo.

Al llegar a la puerta de la iglesia, un arco gótico, en cuyo fondo negro brillaban mil luces de cirios, nos detuvimos.

—¿Vas a entrar? —me preguntó ella.

—Sí. Entraré: te esperaré a la salida.

En la iglesia el aire estaba tibio, saturado de un olor voluptuoso de incienso y de cera. El altar brillaba con las luces, lleno de flores blancas y flores rojas, entre los adornos brillantes de oro…

Hoy he acompañado a la madre y a las dos hijas a misa mayor. Con el traje negro y la mantilla, Dolores estaba guapísima. Pasamos al ir a la iglesia por un grupo en donde se encontraba Pascual Nebot entre sus amigos. Pascual me miró con rabia; Dolores no quiso apartar sus ojos de los míos.


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