Camino de perfeccion

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—Oye, ¿has visto a mi marido? Se ha marchado del palco y no sé dónde anda.

—Pues, échale los mansos —le replicó esta.

—Hija, ¿está tu padre ahí?

Y las anécdotas llovían.

Tenía ya la chica fama, y todas las historias desvergonzadas se las atribuían a ella, como antes las anécdotas grotescas a un señor riquísimo.

—Lo que es esa, cuando se case, va a eclipsar a su madre —terminó diciendo, como conclusión, el pollo.

—¡Bah! Según —murmuró el más serio—. Yo no creo que esta chica tenga la lubricidad de su madre. Indudablemente en ella hay un instinto de perversidad, pero de perversidad moral. Es más; es posible que esta manera de ser nazca de un romanticismo fracasado al vivir en un ambiente imposible para la satisfacción de sus deseos. Yo no sé, pero no creo en la maldad ni en el vicio de los que sonríen con ironía.

—Te advierto, Fernando, que este es un filósofo.

—No; veo nada más y observo. Fijaos. Vuelven otra vez. Mirad la madre. Es seria, tranquila; de soltera sería soñadora. La hija sigue riendo, riendo con su risa irónica y sus ojos brillantes. Hay algo de romanticismo en esa risa burlona, que niega, que parece que ridiculiza.


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