Camino de perfeccion
Camino de perfeccion —Habrá todo lo que quieras, pero yo no me casarÃa con ella.
—Eso no quiere decir nada. ¿Vamos a casa?
Volvieron. El primo, más alegre y jovial, inclinándose al oÃdo de Fernando, iba mostrando y nombrándole al mismo tiempo la gente que pasaba en coche. Aristócratas viejos con aspecto humilde y encogido, nobles de nuevo cuño estirados y petulantes, senadores, diputados, bolsistas. Todos, en sus coches, que se apretaban en las filas del paseo, sintiendo el placer de verse, de saludarse, de espiarse, casi todos aguijoneados por las tristezas de la envidia y las sordideces de una vida superficialmente fastuosa e Ãntimamente miserable y pobre.
Y seguÃan las historias, que no terminaban nunca, y los apodos que trascendÃan a romanticismo trasnochado: La Bestia Hermosa, la JudÃa Verde, la Preciosa RidÃcula, el Lirio del Valle, y seguÃan las murmuraciones. A una muchacha no le gustaban los chicos; tres jovencitos que iban en un coche eran los tiones que cambiaban las queridas, las mujeres más elegantes y hermosas de Madrid.