Camino de perfeccion

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Toda la gente distinguida se ve por la mañana, por la tarde y por la noche. El gran entretenimiento de ellos no es presenciar óperas, dramas, pasear, andar en coche o bailar; la satisfacción es verse todos los días, saber lo que hacen, descubrir por el aspecto de una familia su encumbramiento o su ruina, estudiarse, espiarse, observarse unos a otros. Pero esto, que mientras lo fue conociendo pareció interesantísimo a Fernando, ya conocido no lo encontró nada digno de observación.

La prima de Ossorio tenía relaciones con un chico artillero, de buena familia, pero pobre, con el que se pasaba la vida hablando desde el balcón y mirándose en los teatros; Octavio, el primo, estaba en un colegio de Francia; la familia parecía encontrarse en un buen período de calma y de tranquilidad.

Una noche, Fernando, que solía quedarse con mucha frecuencia en casa y empezaba a abandonar su vida elegante, oyó a través del tabique vagos murmullos apenas perceptibles. Separaba su cuarto del de Laura otro cuarto intermedio. Encendió la luz y vio que, oculta por las cortinas de su cama, había una ventana condenada. De día abrió la ventana condenada que daba a un cuarto, lleno de armarios y de cajas, que casi siempre estaba cerrado.


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