Camino de perfeccion
Camino de perfeccion A la noche siguiente abrió de par en par el montante y escuchó: oyó la voz de la tía Laura y la de su doncella, y luego, gritos, risas, estallido de besos; después, lamentos, súplicas, gritos voluptuosos…
Laura tenía de treinta a treinta y cinco años. Era morena, de ojos algo claros, el pelo muy negro, la nariz gruesa, los labios abultados; la voz fuerte, hombruna, que a veces se hacía opaca, como en sus hermanas; gangueaba algo, por haberse educado en un colegio de monjas de París, una sucursal de Lesbos, en donde se rendía culto a la joie imparfaite. Los andares de Laura eran decididos, de marimacho; vestía con mucha frecuencia trajes que las mujeres llaman de sastre, y sus enaguas se ceñían estrechamente a la carne.
Cuando se ponía a reñir, su voz era molesta de tal modo, que se sentía odio por ella, sin más razón que la voz. Tenía en su aspecto algo indefinido, neutro, parecía una mujer muy poco femenina y, sin embargo, había en ella una atracción sexual grande. A veces su palabra sonaba a algo afrodisíaco, y su movimiento de caderas, hombruno por lo violento, era ásperamente sexual, excitante como la cantárida.
Algunas noches se quedaba Fernando en casa. Luisa Fernanda y Laura se sentaban en el comedor al lado del fuego.