Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Estaba despechugada; por entre la abertura de su bata se veía su pecho blanco, pequeño y poco abultado, con una vena azul que lo cruzaba; en el cuello tenía una cinta roja con un lazo.
Fernando se sentó junto a ella sin decir una palabra; vio cómo hacía todos los preparativos, calentaba el agua, apartaba después la lamparilla del alcohol, vertía el líquido en una taza e iba después hacia el cuarto de su hermana con el plato en una mano mientras que con la otra movía la cucharilla, que repiqueteaba con un tintineo alegre en la taza.
Fernando esperó a que volviera, entontecido, con la cara inyectada por el deseo. Tardó Laura en volver.
—¿Todavía estás aquí? —le preguntó a su sobrino.
—Sí.
—Pero ¿qué quieres?
—¿Qué quiero? —murmuró Fernando sordamente, y acercándose a ella tiró de la bata de una manera convulsiva y besó a Laura en el pecho con labios que ardían.
Laura palideció profundamente y rechazó a Ossorio con un ademán de desprecio. Luego pareció consentir; Fernando la agarró del talle y la hizo pasar a su cuarto.