Camino de perfeccion

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La luz eléctrica estaba allí encendida; había fuego en la chimenea. Al llegar allí él se sentó en un sofá y miró estúpidamente a Laura; ella, de pie, le contempló; de pronto, abalanzándose sobre él, le echó los brazos al cuello y le besó en la boca; fue un beso largo, agudo, doloroso. Al retroceder ella, Fernando trató de sujetarla, primero del talle, después agarrándola de las manos. Laura se desasió, y tranquilamente, despacio, rechazándole con un gesto violento cuando él quería acercarse, fue dejando la ropa en el suelo y apareció sobre el montón de telas blancas su cuerpo desnudo, alto, esbelto, moreno, iluminado por la luz del techo y por las llamaradas rojas de la chimenea.

La cinta que rodeaba su cuello parecía una línea de sangre que separaba su cabeza del tronco. Fernando la cogió en sus brazos y la estrechó convulsivamente, y sintió en la cara, en los párpados, en el cuello los labios de Laura, y oyó su voz áspera y opaca por el deseo.

A media noche, Ossorio se despertó; vio que Laura se levantaba y salía del cuarto como una sombra blanca. Al poco rato volvió.

—¿A dónde has ido? Te vas a enfriar —le dijo.

—A ver a Luisa. Hace frío —y apelotonándose se enlazó a Fernando estrechamente.


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