Camino de perfeccion

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—Se encuentra aquí uno en plena novela de Fernández y González, ¿verdad? —dijo Ulloa—. Le voy a hablar de vos al posadero.

—¡Eh, señor hostelero! ¿Qué tenéis para comer?

—Pues hay huevos, sardinas, queso…

—Está bien. Traed las tres cosas y poned la mesa junto al fuego. Pronto. ¡Voto a bríos! Que no estoy acostumbrado a esperar.

Fernando no tenía ganas de comer; pero, en cambio, su amigo tragaba todo lo que le ponían por delante. Los dos bebían con exageración; no hablaban. Vieron que unos arrieros con sus mulas salían del parador. Debía de estar amaneciendo.

—Vámonos —dijo Fernando.

Pero Ulloa estaba allí muy bien y no quería marcharse.

—Entonces me marcho solo.

—Bueno; pero dame el duro.

Ossorio se lo dio. Salió de la venta.

Empezaba a apuntar el alba; enfrente se veía Madrid lo alto, en una neblina de color de acero. Los faroles de la ciudad ya no resplandecían con brillo; sólo algunos focos eléctricos, agrupados en la plaza de la Armería, desafiaban con su luz blanca y cruda la suave claridad del amanecer.


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