Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Sobre la tierra violácea de oscuro tinte, con alguna que otra mancha verde, simétrica de los campos de sembradura, nadaban ligeras neblinas; allá aparecía un grupo de casuchas de basurero, tan humildes que parecían no atreverse a salir de la tierra; aquí, un tejar; más lejos, una corraliza, con algún grupo de arbolillos enclenques y tristes y alguna huerta por cuyas tapias asomaban masas de follaje verde.
Por la carretera pasaban los lecheros montados en sus caballejos peludos, de largas colas; mujeres de los pueblos inmediatos arreando borriquillos cargados de hortalizas; pesadas y misteriosas galeras, que nadie guiaba, arrastradas por larga reata de mulas medio dormidas; carros de los basureros, destartalados, con las bandas hechas de esparto, que iban dando barquinazos, tirados por algún escuálido caballo precedido de un valiente borriquillo; traperos con sacos al hombro; mujeres viejas, haraposas, con cestas al brazo. A medida que se acercaba Ossorio a Madrid iba viendo los paradores abiertos y hombres y mujeres negruzcos que entraban y salían en ellos. Se destacaba la ciudad claramente: el Viaducto, la torre de Santa Cruz, roja y blanca, otras, puntiagudas, piramidales, de color pizarroso, San Francisco el Grande…
Y en el aéreo mar celeste se perfilaban, sobremontes amarillentos, tejados, torres, esquinazos paredones del pueblo.