Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Sobre el bloque blanco del Palacio Real, herido por los rayos del sol naciente, aparecía una nubecilla larga y estrecha, rosado dedo de la aurora; el cielo comenzaba a sonreír con dulce melancolía, y la mañana se adornaba con sus más hermosas galas azules y rojas.
Subió Ossorio por la cuesta de la Vega, silenciosa, con sus jardines abandonados; pasó por delante de la Almudena, salió a la calle Mayor; Madrid estaba desierto, iluminado por una luz blanca, fría, que hacía resaltar los detalles todos. En el barrio en donde vivía Fernando, las campanas llamaban a los fieles a la primera misa; alguna que otra vieja encogida, cubierta con una mantilla verdosa, se encaminaba hacia la iglesia, como deslizándose cerca de las paredes.