Camino de perfeccion
Camino de perfeccion —¿Qué le debo a usted? —le preguntó al viejo.
—A mí, nada.
—¡Pero, hombre!
—Nada, nada.
—Pues muchas gracias.
Se despidió del viejo dándole un apretón de manos, y siguió andando por la carretera, llena de polvo. Pasaban carromatos y mujeres montadas en borriquillos. La tierra era estéril; en la carretera, sólo a largo trecho había algún arbolillo raquítico y torcido, y en algunas partes, cuadros de viñas polvorientas.
A las nueve estaba Ossorio en Fuencarral. En la entrada del pueblo, a la derecha, hay una ermita blanca, acabada de blanquear, con la puerta de azul rabioso, cúpula de pizarra y un tinglado de hierro para las campanas.
El pueblo estaba solitario y triste, como si estuviera abandonado: se olía, al entrar en él, un olor fuerte a paja quemada.
En Fuencarral se divide la carretera; Ossorio tomó la que pasa próxima a la tapia de El Pardo.