Camino de perfeccion

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Nubarrones grises y pálidos celajes llenaban el cielo; algunos rebaños pacían en la llanura. La carretera se extendía llena de polvo y de carriles hechos por los carros entre los arbolillos enclenques. El paisaje tenía la enorme desolación de las llanuras manchegas. A media tarde vio entre las colinas áridas y yermas las copas de unos cuantos cipreses que se destacaban negruzcos en el cielo.

Era algún jardín o cementerio de un convento abandonado y ruinoso que se veía a pocos pasos.

Fernando se echó allá, a la sombra, y descansó un par de horas. Sentía un terrible cansancio que no le dejaba discurrir, con gran satisfacción suya, y al mismo tiempo una vaguedad y laxitud grandes.

Al ver que pasaba la tarde tuvo que hacer un gran esfuerzo para levantarse; bordeando la cerca de El Pardo, sentándose aquí, echándose allá, fue acercándose a Colmenar.

Se veía el pueblo desde lejos sobre una loma. Por encima de él, nubes espesas y plomizas formaban en el horizonte una alta muralla, encima de la cual parecían adivinarse las torres y campanarios de alguna ciudad misteriosa, de sueño.

Aquella masa de color de plomo estaba surcada por largas hendeduras rojas que al reunirse y ensancharse parecían inmensos pájaros de fuego con las alas extendidas.


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