Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Era real el castillo, y parecía enorme. La luna pasaba por una galería destrozada que tenía en lo alto, y producía un efecto fantástico.
No lejos se comenzaba a ver el pueblo, envuelto en una neblina plateada. Era un pueblo de sierra, de pobres casas desparramadas en una loma.
Fernando se acercó a él y entró por una calle ancha y oscura, que era continuación de la carretera. Las casas todas estaban cerradas; ladraban los perros. En la plaza, de piso desigual, salía luz por la rendija de una puerta.
Ossorio llamó.
—¿Es posada esta? —dijo.
—Sí, posada es.
Abrióse la puerta y entró en el zaguán, grande, blanqueado, con vigas en el techo.
A un lado, debajo de una tosca escalera, había un cajón de madera sin pintar, con un mostrador recubierto de cinc, y en el mostrador, un hombre ceñudo, de boina, que asomaba el cuerpo tras de una balanza de platillos de hierro.
Era el posadero; hablaban con él dos tipos de aspecto brutal: el uno, con la chaqueta al hombro, faja y boina; el otro, con sombrero ancho, de tela.