Camino de perfeccion

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XIV

AL día siguiente de llegar, Fernando pensó que sería una voluptuosidad tenderse a la sombra en el cementerio, y fue allá.

Después de recorrer los claustros entró en el camposanto, buscó la sombra y vio que debajo de unos arrayanes estaba tendido un hombre alto, flaco y rubio. Ossorio se retiraba de aquel sitio, cuando el hombre, con acento extranjero le dijo:

—¡Oh! No encontrará usted mejor lugar que este para tenderse.

—Por no molestarle a usted…

—No, no me molesta.

Se tendió a pocos pasos del desconocido y permanecieron los dos mirando el cielo.

El follaje de un euonymus nacido en medio de una parcela resplandecía con el sol al ser movido por el viento y rebrillaban las hojas con el tembleteo como si fueran laminillas de estaño.

Como contraste de aquel brillo y movimiento los cipreses levantaban las rígidas y altas pirámides de sus copas y permanecían inmóviles, oscuros, exaltados, como si ellos guardasen el alma huraña de los monjes; y sus agudas cimas verdes, negruzcas, se perfilaban sobre la dulce serenidad del cielo inmaculado.


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