Camino de perfeccion

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Se oía a veces vagamente un grito largo, lastimero, quizá el canto lejano de un gallo. En las avenidas, cubiertas de losas de granito, donde descansaban las viejas cenizas de los cartujos muertos en la paz del claustro, crecían altas hierbas y musgos amarillentos y verdosos. En medio del huerto, en el aéreo pabellón con puertas y ventanas ojivales, caían los chorros de agua en la pila redonda y cantaba la fuente su larga canción misteriosa.

El extranjero, sin abandonar su posición, dijo que se llamaba Max Schultze, que era de Nuremberg y que estaba en España por la simpatía y curiosidad que experimentaba por el país.

Fernando también se presentó a sí mismo.

Cambiaron entre los dos algunas palabras.

Cuando el sol estaba en el cenit, el alemán dijo:

—Es hora de comer. Vámonos.

Se levantaron los dos, y andando lentamente como bueyes cansinos, fueron a la portería del convento, en donde comieron.

—Ahora echaremos una siesta —dijo Schultze.

—¿Otra?

—Si; yo por lo menos, sí.

Se tendieron en el mismo sitio, y como la reverberación del cielo era grande, se echaron el ala de los sombreros sobre los ojos.

—No es natural dormir tanto —murmuró Ossorio.


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