La ruta del aventurero
La ruta del aventurero He mirado hacia dentro. En el camposanto, abandonado, las ortigas, las cicutas, las digitales y las zarzas crecían con una fuerza salvaje. Ni una lápida, ni una corona había resistido el impulso avasallador de la flora parásita, bien abonada con los detritos humanos; sólo algunas cruces de madera podrida se levantaban entre la masa espesa de los hierbajos; un pájaro de pecho rojo y cola larga saltaba sobre una de estas cruces y piaba dulcemente…
Al oírle, me he acordado de otra mañana suave, brumosa, del País Vasco, en que estuve oyendo los gorjeos de un ruiseñor.
Era cerca de Hasparren, un pueblo vascofrancés. Había estado más de una hora, y hubiera estado la vida entera, como los encantados de las historias infantiles, oyendo al ruiseñor, cuando las campanas de la iglesia comenzaron a tocar, y el mágico cantor huyó. Entonces entré en el pueblo a buscar una posada, y al mirar a la iglesia con cierto odio, porque sus campanas habían interrumpido la serenata del ruiseñor, vi en la torre escrita esta sentencia: Ut fugitur umbra sic vita (Como huye la sombra, así es la vida).
Aquel terrible apotegma me hizo el efecto de un golpe de maza.