La ruta del aventurero
La ruta del aventurero —Hijo mÃo —me dijo el fraile con un acento andaluz muy molesto—, he sabido que estás preso y vengo a ofrecerte los socorros de la religión. Supongo que tendrás cargada la conciencia y que una confesión general aliviará tu alma.
—¿Es que han pensado ahorcarme? —pregunté yo al sargento, saltando en camisa de la cama.
—No, no. Este padre ha venido aquà a confesar a otros presos y ha querido verle a usted.
—¡Pues asà se muera de repente! —murmuré para mis adentros.
—¿No quiere usted confesarse? —me preguntó el padre.
—No, yo no soy católico —exclamé—. Soy inglés y de la religión de mi paÃs.
—Tienes que abandonar esa herejÃa, hijo mÃo.
—Si tengo que convertirme por la fuerza —murmuré yo—, mi conversión no tendrá ningún valor. Me he educado en la religión reformada y no tengo motivo ninguno para creer que sea falsa. Si me dan argumentos, los tomaré en cuenta.
No me atrevà a decir que el protestantismo, como el catolicismo, me parecÃan formados por mitos más alejados de la realidad que el de la Cosa en sÃ.