La ruta del aventurero
La ruta del aventurero El fraile me echó una plática de las más ramplonas; en su acento dulzón me dijo que el momento de la muerte podÃa estar muy próximo: que habÃa que prepararse para este instante terrible, y que me traerÃa libros religiosos.
Se marchó el fraile con el sargento. Salté de la cama, me vestà y bajé las escaleras hasta la puerta de la torre. TenÃa esta un cerrojo por dentro y decidà correrlo para que no me sorprendieran visitas como aquella.
Acababa de echar el cerrojo, cuando oà un ruido de pasos en el pequeño portal.
—¿Quién está aqu� ¿Quién es?
—¡Por Dios, caballero! —dijo una voz—. No me pierda usted.
—¿Pero quién es usted? A ver. Venga usted a la luz, que nos veamos las caras.
Subimos al primer piso y quedé atónito al ver una muchacha vestida de soldado.
—No diga usted nada, por Dios —exclamó.
—Yo que voy a decir, si soy un preso.
—¿Es usted un preso?
—SÃ.