Locuras de Carnaval

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A su marido ella también le había hecho hombre y conseguido colocarle en un ministerio.

Como la chismografía y la maledicencia son tan generales, yo no hacía mucho caso de lo que me decían de Rosa, y cuando la veía en la calle o en la imprenta, bromeaba con ella siempre, considerándola como un tipo de mujer simpática e ingenua. Una tarde, en mi despacho se me presentó el regente con un hombre de unos treinta años, muy estirado, con cierto aire de diplomático y vestido como un currutaco.

—Oiga usted, don Antonio —me dijo el regente.

—¿Qué hay?

—Vea usted el original que trae este señor, lo que es y los pliegos que puede dar. Me han llamado para hablar con el patrón, pero vuelvo en seguida.

Hojeé el manuscrito, que era un estudio sobre la vida literaria en tiempo de Carlos III, y tomé algunas notas en una cuartilla acerca de la extensión del original, tipo que podía emplearse, etc.

—¿Viene por aquí Rosa Cruz? —me dijo el señor aquel.

—Sí. Aquí ha publicado su última novela. Es una mujer que tiene talento.

—Talento práctico, mucho.

—Y talento literario también.

—¡Muchas gracias!

—¡Gracias! ¿Por qué?


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