Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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Un día las dos, muy elegantes, se presentaron a cenar en casa de Pastelillos.

El contraste entre ellas era completo. Rosa, delgada, fina, gesticulante, charlatana; Aurora, alta, bien hecha, inexpresiva, abultada, con unos ojos grandes negros y unos labios carnosos y gruesos.

Rosa llevaba un traje sencillo, de color lila, y Aurora iba vestida de negro, muy recargada con muchas joyas.

Estas dos mujeres tan atractivas, tan perfumadas, tan vistosas, en nuestro comedor mísero y pobretón, fueron como una fiesta. Las saludamos y nos invitaron a Santovenia y a mí a sentarnos a su mesa. Hubo coqueterías y risotadas. Rosa dijo que me conocía de la imprenta; me llamó el licenciado Latorre y aseguró que era yo un viejo hidalgo, el último hidalgo de nuestro tiempo. Luego contó anécdotas de la imprenta y de la vida literaria, que, ciertas o no, eran muy divertidas. Pastelillos trajo una botella de Benedictino y obsequió a las dos damas con unas copas. Le preguntó Rosa datos sobre la vida de las busconas de la calle, y Pastelillos los dio completos. Luego contó con su acento andaluz una anécdota que hizo reír a Rosa a carcajadas:


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