Locuras de Carnaval

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Adolfo me dijo unos días después que Rosa le había dicho que, si quería, le llevaría de ayudante, de paje, pero que no se le viniera con sentimentalismos ni con pretensiones amorosas, porque entonces le mandaría a paseo.

Adolfo fue en su compañía y en la de Aurora, por las noches, casi siempre con algún político o con algún señor rico, que era el pagano y que estaba prendado de los encantos voluminosos de Aurora, a cenar a algún restaurante de la Cuesta de las Perdices, de El Plantío, de las Rozas o de Fuentelarreyna.

Volvían a las dos o tres de la mañana, y Rosa se despedía riendo y diciendo: «¡De verano!».

Adolfo comprendió que allí no había nada que esperar, y como era un sentimental enamoradizo, olvidó pronto a Rosa y se dedicó a hacer la corte a Mercedes, la hija de Pastelillos, el dueño del restaurante de nuestra vecindad.





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