Locuras de Carnaval

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Isasi tenía la pretensión de hablar el francés como un parisiense, y lo hablaba efectivamente muy bien, quizá con un léxico reducido. Lo pronunciaba de una manera tan perfilada, que un periodista de Perpiñán o de Montpellier que vino a Madrid con motivo de no sé qué ceremonia o acontecimiento político, le dijo una vez con ironía mediterránea y en un patuá medio catalán horrible:

—Habla usted muy bien el francés. Ya se conoce que es usted español.

Isasi no comprendió la sorna del hombre del Midi.

Julián pasaba como francés entre los mismos franceses, y tenía los gestos, las actitudes y las inflexiones de voz de un parisiense. Usaba también monóculo. Era un caso de mimetismo.

Una mañana, antes de la hora de comer, volvía Julián de Isasi por la calle de Alcalá vestido con elegancia: traje gris, polainas, gabán claro, bastón y un ramito de violetas en el ojal de la americana, cuando vio a su amigo y condiscípulo Juanito Dorronsoro, que salía del Banco de España. Se acercó a él con los brazos abiertos y le dijo con su aire de parisiense, que le odiaba, que le despreciaba, que sentía por él una verdadera repugnancia.

—Pues ¿qué pasa? —preguntó Dorronsoro, indiferente a las exageraciones de su compañero de la infancia, a quien conocía muy bien.


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