Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval Me contó sus desdichas y sus apuros más alegremente que otra cosa. Me dijo que su hermana Ángeles se había casado con el señor Fabián y que la veía de tarde en tarde. Rosa Cruz, la escritora, había estado hacía unas noches allí para sacar una impresión del jaleo de la casa. Después me pidió noticias de los antiguos vecinos.
Estando de conversación vino la dueña, a quien me presentó. Allí era la «señora» por antonomasia. A esta «señora» se le llamaba a veces doña Elena con mucho respeto.
Al parecer, era de una pulcritud extremada. No permitía en su casa palabras malsonantes ni bromas antirreligiosas o blasfemias. Era muy devota o, por lo menos, muy iglesiera. Su religión solo cedía ante las cartas y las adivinadoras. Creía en las hechicerías, en los males de ojo y en los espíritus.
A cada paso, por lo que me dijo la Pepa, mandaba decir varias misas o poner cirios en algún altar de un Cristo o de la Virgen.
Fuera de que tenía la costumbre, poco distinguida, de llamar de tú a todo el mundo, la «señora» podía haber sido abadesa de un convento o directora de un colegio de doncellas nobles.
Doña Elena se sentó a la mesa, tomó una copa de coñac y, después de bebérsela de un trago y de hacer algunas recomendaciones, preguntó a la Pepa: