Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval Las dos mujeres cogieron la botella de vino y echaron lo que había en dos copas y lo bebieron mezclándolo con agua de Seltz. Luego la catalana, que era gruesa y blanca y tenía un corazón tatuado en lo alto del brazo, habló de asuntos de dinero y dijo que todas sus ganancias se las enviaba a su madre cada quince días. La andaluza, morena, y con cara de Dolorosa, reconoció que ella no tenía cabeza para hacer cuentas y que su novio le escribía las cartas y enviaba el dinero a casa. Era muy probable que el señor Paco de Triana o el señor Juan del Albaicín se gastara los cuartos que le enviaba su hija en unas cañitas con unas tapas.
Después de la catalana y de la andaluza entró una madrileña pequeña, rubia, muy repipiada, que dijo que venía de prisa huyendo de un hombre que le quería armar bronca.
Más tarde se presentaron dos tipos afeminados y un poco pintados: el uno vendía jabones y perfumes, y el otro, collares y pulseras.
—¿Quiénes son estos? —preguntó Latorre a la Pepa.
—Estos «mariposos» andan siempre por aquí a ver si hacen negocio. Serán el Pescaílla o el Tentetieso y andan a la husma por si se puede vender algo. Lo mismo le proporcionan a usted un abrigo de pieles barato que una mujer o un perro.