Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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Las figuras eran abocetadas y caricaturescas; pero este carácter armonizaba bien con el carácter de la obra. El grupo de los que comían y bebían en el fondo de un patio del cementerio, delante de los nichos, tenía un aire de Goya.

Lo había pintado Magraner con colores violentos. Había un hombre medio enano, con unos pantalones amarillos, levantando una bota de vino en actitud de beber, una mujer con un refajo rojo que extendía los brazos como si fuera a comenzar un baile y un soldado de Caballería con su uniforme, su casco, su sable y unos cordones dorados en el brazo.

En el fondo aparecían los nichos con sus lápidas de mármol blancas y negras y sus letras doradas, las coronas de perlas falsas, las fotografías y las demás cosas absurdas que suelen ponerse en los cementerios.

En el centro del patio, delante de un sepulcro iluminado con unos farolones, estaban las dos principales figuras, inspiradas en la pareja que solíamos encontrar en la Moncloa. Las dos eran caricaturescas y al mismo tiempo con aspecto de fantasmas. La mujer, rígida, vestida de viuda, de luto riguroso, con manto y joyas, parecía una estatua; el hombre, igualmente de negro, con el sombrero de copa en la mano derecha, un bastón en la izquierda y la cabeza inclinada en señal de respeto, tenía un aire un poco ridículo.


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