Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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Fueron aquellos años, a pesar de la vida estrecha de la casa, muy agradables pasa María Luz. Enrique iba todas las tardes a verla. Solía leer poesías de Espronceda y de Bécquer. Era amigo de Carlos.

María Luz cantaba en el piano arias románticas de óperas italianas, y Enrique las oía vibrando de emoción y de entusiasmo. Las manos blancas, de dedos largos y finos, de su novia, se deslizaban por el teclado, y la voz armoniosa se extendía por el aire. Unas veces era aquello de Lucía:

Tu che a Dio spiegasti l’ali

o bell’ alma innamorata.

o la romanza de la misma ópera:

Regnava nel silenzio alta la notte bruna

colpia la fronte un palido raggio di tetra luna.

Otras era el final del dúo de La Traviata:

A quel amor, quel amore palpito

de l’universo, de l’universo intero

misterioso, misterioso altero

croce, croce denzia,

croce delizia delizia al cor.

Después de un sentimentalismo tan delicuescente no había más que ponerse en un rincón a llorar.

A veces Carlos, que veía que a su hermana le iban pasando los años —ya tenía veintiséis—, le preguntaba cuándo pensaba casarse.


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