Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval En esto el idilio, con sus complicaciones musicales y poéticas, se interrumpió al saber que don Carlos volvía a su casa arruinado.
El padre de María Luz se había gastado todo su dinero; había estado durante algún tiempo de croupier y de inspector de juego en casinos de Barcelona y de San Sebastián, y medio ciego y algo paralítico volvía a su casa con el sencillo fin de que le alimentaran.
No había aprendido nada, al parecer, en sus años de aventuras y creía que podía mandar, criticar a los demás y definir categóricamente lo que estaba bien y lo que no lo estaba, siguiendo en el uso de los «yo entiendo…», de los «si que también…» y de «bajo el prisma».
Carlos no era hombre que se aviniera a dejarse atropellar, y menos por su padre, que había arruinado la casa, por muchos «yo entiendo» que usara, y le llevaba la contraria y discutía con él, hacía alusiones mortificantes a su conducta y le trataba con sequedad, con dureza y con ironía. Hubo vez que la discusión terminó en riña y en insultos.
—Tienes que respetar a tu padre —le dijo doña Pilar, vibrando de cólera.
—Y él ¿por qué no se ha respetado? ¿Por qué no nos ha respetado a los demás? ¿O es que cree que tiene bula para hacer lo que le dé la gana?
—Él es el amo aquí.