Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval Luis estudiaba en la Universidad y salía casi siempre mal. Llevaba la existencia del joven elegante y rico. Iba al teatro, se había hecho de un círculo aristocrático, vestía bien, se le veía en coche. En casa se le admiraba. Se creía cándidamente que su vida fácil era consecuencia de su sentido social, de su mundología, de su arte de hacerse amigos, de cierta gracia y de cierto desparpajo.
Es curiosa la cantidad de cinismo, de sentido arribista que hay en las familias que se consideran más respetables y morales.
El coronel Heredia y su mujer estaban inclinados a pensar que si Enrique no había conseguido algo semejante a lo conseguido por Luis, era por su timidez y su indecisión.
En la familia se habían dado con frecuencia los dos tipos: el del audaz y el del apocado, y esta dualidad se seguía dando, al parecer, igualmente.
Luis no salía bien en los exámenes, no estudiaba ni daba importancia a su carrera. En cambio, trabajó e intrigó para obtener un empleo y lo consiguió. El sueldo le sirvió para nuevas elegancias aparatosas y nuevos triunfos sociales.
Enrique seguía haciendo su vida modesta de enamorado perpetuo, y Luis ascendía en mundanidad y en lujo.