Locuras de Carnaval

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—Lo mejor es pagar —contestó Enrique—; entregaremos el asunto a un abogado. Si no se paga, nos molestarán constantemente con reclamaciones.

—Pero tú te vas a quedar sin un céntimo, Enrique.

—¡Qué se va a hacer! Viviremos de mi sueldo y del retiro de papá.

Se pagó todo, y después todavía hubo que dar dinero a Luis para que se marchara a América.

No se había dicho claramente nada de lo ocurrido a don Enrique; se le contó una fantasía, un lance de honor y se quedó satisfecho. Luego, para que no se enterara de la ruina, se siguió en la casa pagando los gastos con lo que quedaba del capital.

Luis llegó a América, y al poco tiempo se casó allí con una mujer rica. A pesar de esto, no devolvió el dinero a su familia.

A veces doña Isabel lloraba y decía a su hijo Enrique: «Luis es un egoísta y un ingrato. Vive bien, se ha casado con una mujer rica, pero ya no se acuerda de nosotros, ya no contesta a las cartas ni quiere indemnizarnos, porque dice que el dinero que tiene no es suyo, sino de su mujer».

Enrique se callaba.

Cuando hablaron de que la madre de María Luz estaba preparando el casamiento de su hija con don Pedro Pizarro, doña Isabel se alarmó:


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