Locuras de Carnaval

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—No le haga usted caso a ese, señora —replicó el otro con desdén—. Ese es un borrachoso sin cultura, que no sabe lo que se trae entre manos. Estos huesos —y yo se lo certifico a usted— son del pescadero de la calle del Espíritu Santo, y no del general Heredia. Como ve usted —y sacó una paletilla de la caja—, son huesos toscos, de persona ordinaria.

Dicho esto, echó el omóplato con desprecio al cajón.

—Pero ¿cómo podía haber ese error? —preguntó María Luz—. La familia lo hubiera sabido.

—Pues no lo sabía, y si los parientes del pescadero venían aquí a rezar, rezaban delante de los restos del general, y los parientes del general rezaban ante los restos del pescadero. Un viceversa, señora, para que usted me comprenda; pero, en fin, yo supongo que allá arriba habrá mejor administración que aquí y que distinguirán lo que va para uno y lo que va para otro; digo yo, me parece.

María Luz, pálida y dolorida, se marchó a su casa muy melancólica. Sacó de su mesa las cartas de Enrique, las leyó de nuevo y las echó al fuego. Pensó que los años que tuviese que vivir valía más vivirlos sin romanticismo y sin tristeza.

Madrid, marzo 1936.


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