Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval El padre tenía la idea de que él, descendiente de antiguos banderizos que habían luchado por rivalidades de linaje en tiempo de los disturbios de Oñaz contra los de Gamboa, debía ser un capitán de industria y llevar el espíritu de guerra y de conquista de sus antepasados a los asuntos de economía y de trabajo, primordiales en el tiempo. Su hijo tenía que sucederle en la dirección de sus negocios con la misma tendencia combativa y guerrera.
Ochoa hijo aceptaba el plan, pero antes quería gastar la superabundancia de vida que le rebosaba.
Luis Ochoa era un joven bien plantado. Tenía cierto aire de romano, la cara correcta, la nariz bien perfilada, el mentón prominente y el pelo oscuro. Los ojos no estaban muy de acuerdo con el tipo: eran unos ojos claros, heredados de su madre, unos ojos suaves y humildes.
Luis tenía dos hermanas solteras, jóvenes, y varias primas. Una de ellas, de diecisiete años, muy desenvuelta y decidida, solía asegurar:
—Luisito tiene un aspecto soberbio de hombre fatal; pero los ojos le desenmascaran.
—¿Por qué?
—Sus ojos son de perro cariñoso y fiel.
—¿Qué sabe esa tonta —decía la madre de Luis— lo que son las personas? Esa no sabe más que lo que ha visto en el cinematógrafo.
La prima replicaba: