Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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Ignacio Recalde, como hombre que había tenido alternativas en la existencia de esplendor y de miseria, no era de los que desdeñan a los que se hallan en situación subalterna y baja, y observó con curiosidad al mayordomo, a quien, a pesar de su aire impasible, se veía que le interesaba la conversación del escritor acerca del psicoanálisis y de los judíos.

—Este quizá sea judío —pensó Ignacio.

Después se levantó, se acercó al mayordomo y le dijo en castellano.

—¿Me quiere usted dar una cerilla? Se me ha apagado la pipa.

—Con mucho gusto.

—¿Habla usted castellano?

—Sí.

—Me gustaría charlar un rato con usted.

—Mi nombre es John Max, Dean Street, 30, cerca de Soho. Estoy por las mañanas en casa.

—Muy bien. Iré a verle.

Al anochecer, Ochoa y Recalde se despidieron de los Cardigan y volvieron a Portman-Square. Ochoa estaba muy preocupado. Ignacio iba también pensativo.

Recalde, a la mañana siguiente, se dirigió a casa del mayordomo en Dean Street. Vivía en una pensión, en el último piso.


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