Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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Llamó y apareció John Max vestido con cierta elegancia. Era un hombre de unos cincuenta años, alto, pálido, esbelto, con los ojos claros y el aspecto un poco reblandecido. Tenía el pelo rizado, los labios gruesos y blancos y el aire de frialdad e indiferencia. Recibió a Ignacio con muchos extremos y le invitó a sentarse.

Recalde entró en seguida en materia.

—Soy —le dijo— primo de este joven, Luis Ochoa, que estuvo ayer conmigo en casa de lord Cardigan. Le veo tan loco, tan enamorado, que quisiera vigilarle y apartarle de esa dama para que no haga algún disparate.

—El disparate lo hace —contestó el mayordomo con seguridad.

—¿Cree usted?

—Me parece evidente.

John Max contó lo que sabía. En tanto Recalde miraba con indiferencia simulada el cuarto. Era un saloncito con cierto aire cubista; tenía en el balcón cortinas de varios colores, como el arco iris, un diván, un armario con libros encuadernados en tafilete blanco y fotografías de varios hombres jóvenes con dedicatorias apasionadas.

«¡Hum! Este es un afeminado», se dijo Recalde.


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