Locuras de Carnaval

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El mayordomo le estrechó la mano. Recalde saludó al otro compinche y salió de la taberna.

«¡Qué pajarracos! —se dijo—. Tener a un tipo de estos en casa es estar vendido; pero a mí John Max me servirá, porque le he dado importancia y se ve que es vanidoso.»

Recalde salió a la plaza de Soho y después, por Oxford Street, llegó a Portman-Square. En la portería le dijeron que había subido una señora a visitar a Ochoa. Supuso que sería lady Cardigan. Por si acaso era ella, no fue al cuarto; marchó al restaurante, almorzó y después estuvo paseando por el jardín central de la plaza.

Unas chicas con aire de colegialas jugaban en las avenidas con cierta gracia un poco sosa, y un hombre con mandil aplastaba la hierba con un rulo de hierro, del que tiraba unas veces para adelante y otras para atrás.

Pasó por enfrente de su casa varias veces hasta que vio salir y tomar un automóvil a Leticia y a Ochoa, y entonces subió al cuarto y se metió en su habitación.


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