Locuras de Carnaval

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—Ni envenenadoras —siguió diciendo Ochoa—. En otros países, las ha habido muy interesantes. La Tamowska, por ejemplo. ¡Qué mujer! Otra envenenadora extraordinaria fue la alemana Gesche Margarita Gottfried. ¡Qué tipo!

Los socios del círculo que oyeron las explicaciones de Luis no se dieron cuenta de que hablaba con una gran exaltación. Algunos dijeron: «Luisito Ochoa nos ha dado la gran tabarra hablando de envenenamientos».

Y alguno añadió: «Este chico ha venido de Inglaterra un poco trastornado».

Una semana más tarde, tras de estar paseando en automóvil con unos amigos, una noche de viento Sur se presentó en su casa más excitado que de costumbre.

Al entrar en la alcoba y acercarse a la cama notó que las sábanas olían a ácido prúsico.

«Ese viejo miserable me quiere matar», dijo.

El viejo miserable era su padre. Llamó al timbre, vino la criada y le ordenó severamente:

—Póngame usted otras sábanas; usted ya sabe muy bien por qué.

La muchacha le miró sorprendida.

Se cambiaron las sábanas, y Luis estuvo esperando sentado en la butaca.

—Ya tiene usted cambiadas las sábanas. ¡Buenas noches! —dijo la muchacha.


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