Locuras de Carnaval

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Julián de Isasi, que mientras fue por la calle marchó excitado, hablando y trompicando aquí y allá, al llegar a la Comisaría se sentó en un banco y, al calor de la estufa, se quedó dormido como un cesto. Le llamaron, pero fue inútil.

—¿Es amigo de usted? —preguntó el comisario a Morán.

—Sí. Es de una embajada. Es un buen muchacho. No está acostumbrado y hoy la ha cogido buena.

—Le dejaremos en paz hasta la mañana. Hay otros por ahí que están durmiendo la «mona», aunque no creo que ninguno sea del Cuerpo diplomático.

—El pobre hombre se encuentra en una postura incómoda —dijo Morán—. Vamos a ponerle un poco mejor.

Morán y un guardia lo extendieron en el banco, y el guardia le puso un montón de periódicos sucios como almohada. Eran de algún periódico republicano recogido por la Policía. Isasi reclinó su aristocrática cabeza sobre aquellos papeles, que él seguramente consideraría despreciables, suspiró de satisfacción y comenzó a roncar.

«Sic transit gloria mundi», dijo el doctor con aire de unción y de broma.

Se despidieron del comisario y salieron a la calle. Bermejo, dando pruebas de nerviosidad, aseguró que vivía cerca de Elvira Medrano y que le acompañaría. Ella aceptó y tomaron un coche.


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