Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval El doctor Morán se marchó a su casa; se encontró con que tenÃa una llamada urgente para un parto y se fue, dispuesto a pasar la noche en vela con filosofÃa.
En tanto Elena y Delfina esperaban impacientes en el palco. ¿Qué hacÃa aquella gente? ¿Adónde habÃan ido? Delfina estaba pálida de cólera al verse abandonada y olvidada por Julián de Isasi. Elena se sentÃa avergonzada y con ganas de llorar. Dorronsoro seguÃa durmiendo.
—No vuelvo a salir más con ellos —dijo Delfina.
—Quizá les ha ocurrido algo —repuso Elena.
—¡Qué les va a ocurrir! Nada. No diga usted tonterÃas. Se estarán acabando de emborrachar en alguna taberna o habrán ido a acompañar a la Medrano, que es un perro que se las trae. ¿A quién se le ocurre venir aquà con un collar de perlas? Dicen que esa mujer es lista. Yo creo que es completamente imbécil.
Eran las tres y media. La gente del baile tenÃa un aire de fatiga, de excitación y de cansancio. Las voces estaban roncas; los trajes, rotos; las caras, desencajadas; la atmósfera del teatro, llena de polvo y de humo. HabÃa hombres y mujeres dormidos en los palcos y en los rincones.
De pronto Delfina se levantó lÃvida.
—Me voy —dijo.