Locuras de Carnaval

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—Le acompañaré a usted a su casa —dijo Dorronsoro—, y luego iré a la mía. Ahora, a la plaza de Herradores —indicó al cochero.

Al principio, Juan parecía haberse serenado, pero con el movimiento del coche volvió a quedarse dormido. Al llegar a la casa, Elena tuvo que despertarle de nuevo. Dorronsoro bajó torpemente del vehículo y se quedó quieto, apoyado en un farol.

—¿Podría usted llevar a este señor a su casa? —preguntó ella al cochero.

—¿Dónde vive?

—En la calle de Bravo Murillo. Él le dirá a usted el número.

—¡Este qué va a decir! ¡Si tiene una tajada que no puede con su alma! Además, yo tengo que encerrar.

Elena pagó al cochero, que se marchó calle abajo. Elena no sabía qué hacer. No tenía llave, y comenzó a llamar al sereno y a dar palmadas. El sereno no aparecía.

—Hay que gritar con más fuerza —le dijo tartamudeando Dorronsoro—. Ya verá usted. ¡Sereno!

Le salía una voz ronca que no se oía a dos pasos.

Dorronsoro abandonó el farol y, vacilando, se acercó al portal, se sentó en el escalón de la casa y se volvió a quedar dormido.


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