Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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—A la calle de Bravo Murillo. Ya le indicaré dónde es.

Había pensado que lo mejor era ir con Juan a su casa y esperar allí hasta que se hiciera de día.

Al comenzar a marchar el coche, el viejo chulo y mendigo empezó a gritar:

—¡Animal! ¡Tío bestia!

—¡Muerto de hambre! —contestó el cochero con desprecio, chasqueó el látigo y siguió su camino.

Cruzaron Madrid. Comenzaba a clarear. La mañana se presentaba triste, lluviosa, con el cielo gris. Tomaron por la calle de Bravo Murillo. Elena no sabía el número de la casa de Dorronsoro. Él no contestaba. Elena, decidida, mandó parar el coche.

—Mire usted —le dijo al cochero—: yo vengo de fuera y no sé el número de la casa. Le pregunto a este hombre y no me hace caso.

El cochero bajó del pescante, le cogió a Juan como a un saco y este se despertó.

—¿Adónde vamos? —preguntó Dorronsoro, sin saber dónde se encontraba.

—A su casa. ¿Qué número es? —le dijo Elena.

—Es más arriba. Yo le indicaré al cochero dónde es.

—Pero no se vaya usted a dormir.

—No, ya no me dormiré. Si ve usted que me duermo, me pellizca hasta hacerme sangre.


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